17.a Edición | JULIO 2026 | ISSN 2618-1894 | Artículos Científicos
específica: apunta a la aptitud de una organización para transformar saberes
dispersos en capacidad de coordinación, aprendizaje e innovación.
Complementariamente, uso la expresión knowledge flow para referirme a la
dinámica concreta mediante la cual el conocimiento se mueve dentro y fuera de la
organización. No se trata sólo de transferencia formal. Incluye conversaciones,
rutinas, mediaciones, procedimientos, tutoriales, encuentros informales,
liderazgos, canales digitales y dispositivos de delegación. Desde esta perspectiva,
una traducción provechosa no equivale a un simple traslado de información, sino
a un proceso colectivo que vuelve operable un conocimiento en una red de actores
concretos.
Este punto obliga a revisar una idea bastante instalada: la de que el conocimiento
fluye solo si está disponible. No. El conocimiento puede estar disponible y, sin
embargo, no circular. Puede circular y no ser entendido. Puede ser entendido y no
ser adoptado. Puede ser adoptado y no sostenerse en el tiempo. Por eso, entre
disponibilidad y resultado hay un campo intermedio decisivo: el de la traducción.
Aquí aparece una segunda categoría que conviene traducir al lenguaje empresarial.
En lugar de hablar de “punto de paso obligado”, como lo hace la teoría del actor-
red, propongo pensar en liderazgo facilitador o nodo facilitador. En Callon
(1986), el punto de paso obligado es el lugar estratégico desde el cual se define el
problema y se ordena la red de actores. En una empresa o institución, esa función
no tiene por qué recaer en una única persona ni responder a una lógica de
centralización. Puede asumirla un área, un equipo o un liderazgo distribuido. Lo
importante es que alguien o algo facilite el ensamblaje.
Este punto me parece especialmente actual. Durante años se exaltó al experto. Hoy
empieza a hacerse evidente que el experto, por sí solo, no alcanza. Una
organización puede estar llena de especialistas brillantes y, sin embargo, ser torpe
para aprender. Entre otras razones, porque sabe mucho pero conecta poco. Por
eso, el liderazgo facilitador no compite con la expertise; la vuelve operativa.
La tercera categoría que considero central es la de costos de la traducción. Utilizo
esta expresión como una adaptación de la idea de costos de transacción al terreno
de los intercambios de conocimiento. Así como en la tradición neoinstitucional los
costos de transacción permiten observar las fricciones, esfuerzos y
condicionamientos que afectan los intercambios (Coase, 1937; Ordóñez, 2009), los
costos de la traducción permiten nombrar el esfuerzo, la dificultad y la pérdida de
valor que median entre la disponibilidad de conocimiento y su incorporación
efectiva por parte de otros actores. Esta idea, llevada al campo organizacional,
permite ver un conjunto de problemas muy concretos: reuniones que no producen
aprendizaje, procedimientos que nadie logra apropiarse, capacitaciones que no se